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| Nueva York muy pronto |
Tom Engelhardt.-Tom Dispatch
Traducido del inglés para Rebelión por Carlos Riba García
¿Quién podría
olvidarlo? En el otoño de 2002, hubo una avalancha de “información” por
parte de las figuras más relevantes de la administración Bush acerca del
programa secreto iraquí de desarrollo de armas de destrucción masiva
(ADM) que ponían en peligro a Estados Unidos. ¿Quién –aparte de algunos
imbéciles– sería capaz de poner en duda que Saddam Hussein iba al fin a
conseguir un arma nuclear? La única cuestión, como nuestro
vicepresidente sugirió en el programa Meet the Press, era:
“¿Cuánto faltaba, un año o cinco años?”. Y no era el único que expresaba
este temor, ya que había unas cuantas pruebas de lo que estaba pasando.
Para empezar, estaban aquellos “tubos de aluminio de diseño especial”
que el autócrata iraquí había encargado para sus centrifugadoras de
enriquecimiento de uranio como parte de su amenazador programa de armas
nucleares. El 8 de septiembre de 2002, los periodistas Judith Millar y
Michael Gordon lo informaron en la primera plana del New York Times.
Después, fueron esas “nubes con forma de hongo” sobre las que Condoleezza Rice, nuestra asesora nacional en materia de seguridad, mostró públicamente su preocupación. Unas nubes que se cernirían sobre las ciudades norteamericanas si no hacíamos algo para parar a Saddam. Así expresaba ella su inquietud en una entrevista de Wolf Blitzer en la CNN el mismo 8 de septiembre: “No queremos que la pistola humeante sea una nube con forma de hongo”. ¡Desde luego que no!, decidió el Congreso.
Y por si acaso no estuviésemos bastante asustados por la amenaza iraquí, ahí estaban esos innominados vehículos aéreos –los aviones no tripulados de Saddam– que podían dotarse con las armas químicas o biológicas de destrucción masiva de su arsenal y lanzarse sobre las ciudades norteamericanas de la Costa Este con unos resultados inimaginables. El presidente George W. Bush habló en televisión acerca de ello y los votos de los congresistas se decantaron a favor de la guerra gracias a los espeluznantes informes secretos disponibles en el Capitolio.
Al final resultó que Saddam no tenía un programa de armas, ni una bomba nuclear en perspectiva, ni unas centrifugadoras para aquellos tubos de aluminio, ni un almacenamiento de armas biológicas o químicas, ni aviones no tripulados que arrojarían unos inexistentes proyectiles de destrucción masiva (tampoco unos barcos capaces de poner esos supuestos aparatos aéreos automáticos en las costas de EEUU). Pero ¿y si los hubiera tenido? ¿Quién estaba dispuesto a correr ese riesgo? Por supuesto, no el vicepresidente Dick Cheney, que propuso en la administración Bush algo que el periodista Ron Suskind apodó “la doctrina del 1 por ciento”. En esencia, se trataba de esto: sí había un 1 por ciento de posibilidad de que EEUU fuera atacado, sobre todo con armas de destrucción masiva, la cuestión debía ser tratada como si se estuviese ante una certeza de entre el 95 y el 100 por ciento.
Después, fueron esas “nubes con forma de hongo” sobre las que Condoleezza Rice, nuestra asesora nacional en materia de seguridad, mostró públicamente su preocupación. Unas nubes que se cernirían sobre las ciudades norteamericanas si no hacíamos algo para parar a Saddam. Así expresaba ella su inquietud en una entrevista de Wolf Blitzer en la CNN el mismo 8 de septiembre: “No queremos que la pistola humeante sea una nube con forma de hongo”. ¡Desde luego que no!, decidió el Congreso.
Y por si acaso no estuviésemos bastante asustados por la amenaza iraquí, ahí estaban esos innominados vehículos aéreos –los aviones no tripulados de Saddam– que podían dotarse con las armas químicas o biológicas de destrucción masiva de su arsenal y lanzarse sobre las ciudades norteamericanas de la Costa Este con unos resultados inimaginables. El presidente George W. Bush habló en televisión acerca de ello y los votos de los congresistas se decantaron a favor de la guerra gracias a los espeluznantes informes secretos disponibles en el Capitolio.
Al final resultó que Saddam no tenía un programa de armas, ni una bomba nuclear en perspectiva, ni unas centrifugadoras para aquellos tubos de aluminio, ni un almacenamiento de armas biológicas o químicas, ni aviones no tripulados que arrojarían unos inexistentes proyectiles de destrucción masiva (tampoco unos barcos capaces de poner esos supuestos aparatos aéreos automáticos en las costas de EEUU). Pero ¿y si los hubiera tenido? ¿Quién estaba dispuesto a correr ese riesgo? Por supuesto, no el vicepresidente Dick Cheney, que propuso en la administración Bush algo que el periodista Ron Suskind apodó “la doctrina del 1 por ciento”. En esencia, se trataba de esto: sí había un 1 por ciento de posibilidad de que EEUU fuera atacado, sobre todo con armas de destrucción masiva, la cuestión debía ser tratada como si se estuviese ante una certeza de entre el 95 y el 100 por ciento.











