Digamos que a este buen informe le faltan algunos
recordatorios fundamentales que hacen a la historia de Ucrania, (U cari significa en ruso , en el borde) En
el borde de las gran Rusia Vivian estas familias desde la génesis misma de la creación
de Rusia, allí KIEV fue la primer capital. Luego por acuerdo entre las muchas
naciones se mudó a Moscú. Es decir Ucrania es parte de la historia de Rusia
desde siempre. Lo que en la antigüedad ocurrió es que siempre existieron cruces
con minorías de derecha pro sionistas, es decir.. Hay un quiebre latente desde
siempre donde Judíos y rusos debatían supremacías en ese territorio. No decir
esto es no encontrar la raíz de los odios que muestran los que usurpó el poder
financiados por EEUU, un país también tomado por el sionismo. Es decir, una
vieja discusión es tomada ahora por los bastardos genocidas globales para
romper una paz tenue que existió de siempre. Claro esta información jamás la va
a publicar un medio de occidente, pues los medios de occidente tienen dueños
que ... o casualidad pertenecen a cadenas
con dueños vinculados a Israel. Pero digamos que este detalle obviado
por los medios no existiera. el ataque al poder por un grupo nazi fascista
financiado por EEUU tampoco está siendo
recordado, de la toma de la plaza de Maidan, saltaron los medios a una supuesta
injerencia de Rusia en Ucrania que ataca al gobierno ucraniano??? Cual, el
gobierno que usurpó por las armas??? O
es que me perdí las elecciones en Ucrania?? No
hay democracia en Ucrania por eso los pueblos se levantan como Crimea Donetsk,
Jarkov Lugansk y deciden parara a los nazi fascistas, y esto si es la verdad..,
traten de ampliar la info por favor.
Los sectores belicistas del gobierno de EE.UU. cometieron la grave imprudencia de cruzar la línea roja con Moscú, pasando de guerras periféricas (antes en Corea o Vietnam, hoy en Siria) a provocar un enfrentamiento directo con Rusia.
Por Walter Goobar ,. No está claro en base a qué análisis el Pentágono y la CIA pensaron que su complot contra Rusia –el de instalar un régimen antirruso en Kiev e integrarlo en la OTAN– iba a tener éxito. Si a pesar de contar con miles de agentes e informantes militares y civiles, públicos y ocultos en ese país, Estados Unidos ha hecho un fiasco de gran calibre y de consecuencias imprevisibles. Los sectores belicistas del gobierno de Estados Unidos cometieron la grave imprudencia de cruzar la línea roja con Moscú, pasando de guerras periféricas (antes en Corea o Vietnam, hoy en Siria) a provocar un enfrentamiento directo con Rusia.
Ahora, además de tragarse el sapo de la integración de Crimea a
Rusia –en parte gracias al referéndum y el hábil uso del vox populi por
parte del Kremlin– también han tenido que aceptar la propuesta de Moscú
de cambiar la Constitución ucraniana para transformar el país en una
federación, en un Estado-tapón no alineado, y así impedir que se
convierta en otra base de la OTAN en sus fronteras. Y quizás sea mejor
que no lo amenacen con más sanciones económicas si no quieren que los
rusos saquen su dinero de Chipre o de Portugal y fuercen a Bruselas a un
nuevo rescate.
Una vez que sucedió a Boris Yeltsin en 2000, Vladímir Vladímirovich
Putin fue tratado con mimos por un Occidente que pretendió desactivar
su posible oposición a las aventuras bélicas en marcha, contar con su
consentimiento para instalar bases militares en Asia Central, implicarlo
en la inmoral guerra contra Afganistán y utilizar su territorio para el
tránsito de los convoy (Ruta Norte) a este país, y todo ello a cambio
de nada: concesiones unilaterales.
“Los Estados Unidos están interesados en que la
guerra entre la Federación Rusa, Ucrania y la UE transcurra bajo su
supervisión”.
En 2008, el ex oficial de la KGB y su equipo se dieron cuenta que
el acercamiento a Occidente no había beneficiado a Rusia. El enfoque
brzezinskiano de la política exterior de Obama, de menos Oriente Medio y
más contención de Rusia y China, era más cristalino que el vodka. Putin
recogió la idea fracasada de Obama de formar un G2 con China, y
fortaleció sus lazos con el gran vecino.
Putin comenzó a proyectar una imagen de fuerza y seguridad y
consolidó su poder personal. Su postura antiestadounidense neutralizó a
los militares “nostálgicos” que venían exigiendo una política exterior
contundente en defensa de los intereses nacionales.
Rusia, al igual que los chinos, sospecha que las primaveras árabes
están promovidas por Estados Unidos para rediseñar el nuevo mapa de la
región acorde a los actuales intereses y en perjuicio de Rusia y China.
Como señala la politóloga Nazanin Armanian, en su blog, Libia es el
nombre del penúltimo golpe que Putin recibió de Estados Unidos: la
resolución del Consejo de Seguridad proponía una zona de exclusión aérea
y no el cambio del régimen. A partir de ese momento, Putin se opone a
amenazas de Washington contra Irán y Siria y concede asilo a Snowden,
intentando recuperar la autoridad moral que había perdido.
Así surge la nueva Doctrina Putin que considera la inestabilidad de
los países vecinos una amenaza para la seguridad rusa y se adjudica el
derecho a estabilizarlos.
Rusia dejó de confiar en Estados Unidos y la Unión Europea. Los
trágicos fines de Saddam y Khadafi mostraron que ni una sólida relación
con Occidente es garantía de salvar el pellejo.
Al mismo tiempo, al conjurar el bombardeo a Siria, advirtió que
jugar con la “nueva” Rusia tendría sus costos: una de las lecciones se
llama Crimea.
Vladimir Putin tiene más admiradores en el mundo de lo que cree.
El hombre fuerte de Rusia cuenta con el apoyo tácito e incluso ciertos
aplausos discretos de varias de las principales potencias emergentes del
mundo, empezando por China e India.
Ante el rechazo de Europa, Rusia tendrá más necesidad de cultivar
una buena relación con Pekín. Y en cuanto a la propia Ucrania, que ya
vende a China material militar de mejor calidad que el que Rusia ha
estado dispuesta a vender hasta ahora a su aliado asiático, las nuevas
autoridades han garantizado al Gobierno chino que el hecho de que Pekín
no haya condenado la anexión de Crimea no tendrá repercusión alguna en
sus futuras relaciones. Mejor, imposible.
Además de esta realpolitik, existe también un componente emocional.
A los dirigentes chinos que, como Xi Jinping, crecieron cuando todavía
gobernaba el presidente Mao, sigue gustándoles de forma instintiva la
idea de que otro líder no occidental se plante frente a un Occidente
imperialista y capitalista.
Los comentarios en los medios de comunicación chinos se han vuelto
más precavidos desde que Putin pasó de la anexión de Crimea a agitar las
aguas en el este de Ucrania. El periódico nacionalista Global Times,
que el mes pasado hablaba del “regreso de Crimea a Rusia”, advierte
ahora de que “la región oriental de Ucrania es un caso distinto al de
Crimea. Si la zona se separa de Ucrania, asestará un golpe directo a la
integridad territorial garantizada por el derecho internacional”. (Claro
que lo que pretende Putin no es una secesión total, sino sólo una gran
Bosnia a la finlandesa, un país neutral con una versión tan amplia de
“federalismo” que las regiones orientales se convertirían en entidades
de tipo bosnio, dentro de la esfera de influencia rusa).
Sin embargo, no parece que esa preocupación creciente enfriara la
acogida que se le dio el martes pasado en Pekín al ministro ruso de
Exteriores, Serguéi Lavrov. El presidente Xi dijo que las relaciones
entre China y Rusia “son mejores que nunca” y han desempeñado “un papel
insustituible en el mantenimiento de la paz y la estabilidad en el
mundo”. El Ministerio de Exteriores chino declaró que la relación entre
China y Rusia es “la relación entre dos grandes países más llena de
contenido, con más categoría y más importancia estratégica”.
Lo mismo ocurre con la India: el mes pasado, el presidente Putin
dio las gracias a India por su postura “contenida y objetiva” a
propósito de Crimea. La obsesión soberanista de la India poscolonial y
la desconfianza ante cualquier indicio de imperialismo liberal
occidental se traducen –cosa bastante ilógica– en el apoyo a Moscú. Y
tampoco es sólo India. Los otros dos socios de Rusia en el llamado grupo
de los Brics, Brasil y Sudáfrica, se abstuvieron de votar la resolución
de la Asamblea General de la ONU en la que se criticaba el referéndum
de Crimea.
Según el politólogo ruso Geidar Dzhemal, “los Estados Unidos están
interesados en que la guerra entre la Federación Rusa, Ucrania y la UE
transcurra bajo su supervisión”, según publica la página kontrudar.com.
El politólogo ruso advierte que la situación actual ya se ha salido
fuera del marco de un proceso político corriente. “Considero que como
resultado vamos a tener una guerra en toda regla. Creo que la guerra
dentro de Ucrania inevitablemente va a involucrar a Rusia. En primer
lugar, Crimea ahora se encuentra aislada y ese aislamiento irá
creciendo, ya ahora está cortada la electricidad, el agua que llega a
través del canal del Norte de Crimea no ha sido cortada, pero su caudal
ha bajado 3 ó 4 veces. Y si lo siguen bajando, cosa que seguramente
harán, va a significar el colapso de agua en la península. Además, con
el transbordador sólo se puede llevar 60 furgones de alimentos al día. Y
cuando Crimea formaba parte de Ucrania a diario llegaban 250 furgones
durante las 24 horas.
Es decir, que incluso llenando el transbordador sólo con este
suministro, la cantidad de alimentos que va a llegar a Crimea será 4
veces menor que antes de la anexión. De modo que ahora mismo en Crimea
hay un tremendo problema de déficit de agua. Y además está el problema
del suministro de la energía eléctrica. Para resolverlos, Rusia necesita
abrir un corredor, cosa que únicamente se puede hacer a través de las
regiones del sureste de Ucrania, a través del istmo. De otra manera no
se entiende cómo se puede apoyar a Crimea. De modo que habrá que invadir
simplemente estas regiones. Es decir, que este proceso ya está en
marcha en algunas regiones, por ejemplo en Slaviansk, lo que significa
el conflicto con Ucrania y con quien la apoye”.
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