viernes, 1 de julio de 2011

Harakiri europeo en Libia

Sreeram Chaulia.-Mientras las economías europeas languidecen bajo la imprudencia fiscal descontrolada y contagiosos temores de default soberanos, parece absurdo que Gran Bretaña y Francia estén encabezando una agotada coalición de la OTAN para atacar con medios militares a Libia. Estados en peligro financiero que enfrentan protestas masivas de ciudadanos iracundos continúan extrañamente la guerra en el Norte de África.

Después de un estallido inicial de ataques aéreos contra las defensas del dictador libio Muamar Gadafi por parte de EE.UU., el gobierno de Barack Obama dio marcha atrás para entregar la mayor parte de las operaciones a Gran Bretaña y Francia bajo la bandera de la OTAN. La entrega del bastón de mando tenía un sentido pragmático para Washington, que pasa apuros desde los rescates corporativos de 2008-2009 para reducir su creciente déficit presupuestario.

Incluso un papel secundario junto a Gran Bretaña y Francia en el conflicto libio ha sido controvertido en EE.UU., donde la oposición republicana enronqueció gritando que Obama libra una guerra de facto sin autorización del Congreso. El viernes pasado, la Cámara de Representantes votó abrumadoramente contra la aprobación formal de la actual participación estadounidense en la guerra de Libia.




Los recientes debates televisados de tempranos aspirantes a la candidatura presidencial republicana revelan una tendencia aislacionista, pero responsable desde el punto de vista fiscal, entre candidatos respaldados por el movimiento Tea Party. Rompieron filas con republicanos tradicionales al argumentar que EE.UU. debe poner en orden su economía endeudada y librarse por completo de la guerra de desgaste lento en Libia (aparte de irse con la casa a cuestas de Afganistán).

Pero semejante cordura todavía no se hace evidente en Gran Bretaña y Francia, que están vaciando sus tesoros agotados para pagar los ataques aéreos en Libia. Según el Ministerio de Defensa francés, París gasta 1,4 millones de dólares diarios en la guerra en Libia, mientras algunos predicen que Gran Bretaña gastará 1.400 millones de dólares si sigue atacando objetivos en Libia hasta septiembre.

Algunos medios noticiosos occidentales se burlaron del ridículo espectáculo de Gadafi jugando ajedrez con un funcionario deportivo ruso cuando Libia estaba en llamas. Lo que los gobiernos de Gran Bretaña y Francia hacen en Libia no es un acto trivial insignificante mientras los manifestantes protestan en Londres y París contra los recortes de prestaciones.

Si el primer ministro británico David Cameron y el presidente francés Nicolas Sarkozy apuestan por la misión libia como una táctica de distracción para apaciguar a los ciudadanos furiosos por sus economías estancadas, es una mala política. El posible derrocamiento de Gadafi no devolverá los puestos de trabajo a británicos y franceses, la educación universitaria subvencionada o las prestaciones sociales.
Si Cameron y Sarkozy están apostando al keynesianismo militar (un producto derivado de la teoría económica de que grandes gastos en la guerra pueden sacar a un país de la recesión al aumentar la demanda de la industria de la defensa y los sectores de maquinaria pesada), la historia muestra que guerras pasadas en Suez (1956) y las Islas Malvinas (Falklands) (en 1982), no sacaron mágicamente a Gran Bretaña y Francia del marasmo económico.

Cameron incluso reprendió a altos oficiales navales y de la fuerza aérea de Gran Bretaña que han dado la alarma de que la capacidad de combate aéreo británica se debilitará fuertemente si la guerra libia continúa indefinidamente. El primer ministro conservador adoptó una actitud inflexible de que los militares británicos continuarán la guerra en Libia “todo el tiempo que sea necesario”.

Una razón plausible por la cual Londres y París, sobrecargadas de déficit, se han lanzado a la guerra libia es geopolítica. Los estrategas estadounidenses han comentado que el Norte de África es “asunto europeo”, es decir una esfera de influencia que tiene mayor valor estratégico para Europa que para EE.UU.

Aunque la presencia física de Europa se ha ido disminuyendo en los últimos años, mientras la sombra de China se ha extendido, algunos expertos europeos en política exterior consideran que el ansia de dominar África es natural. La denominación de regiones de África como “anglófonas”, “francófonas” y “lusófonas” proviene de esa nostálgica mentalidad neocolonial.

En segundo lugar, los responsables políticos europeos comienzan a ponerse nerviosos ante un arma letal que Gadafi ha lanzado desde el comienzo de la guerra, los inmigrantes y refugiados africanos que se dirigen hacia Italia primero y luego se filtran a través de las fronteras abiertas hacia el resto del continente europeo.

La ‘gente de los botes’ mediterránea era controlada hasta ahora por el régimen de Gadafi a cambio de concesiones simbólicas y económicas de la Unión Europea. Ese pacto siniestro, en el que seres humanos desesperados eran peones en un juego diplomático internacional, se acabó una vez que la OTAN comenzó a bombardear Libia.

Por lo tanto, Gran Bretaña y Francia (haciendo caso omiso de la agonía de Italia ante un diluvio de refugiados provocado por la campaña de bombardeo de la OTAN) luchan aparentemente por librarse de Gadafi e instalar un gobierno más amistoso que limite el éxodo africano al continente por su propia iniciativa política.

En este caso también, las contradicciones son manifiestas. Una Europa que envejece y que declina demográficamente necesita en realidad más trabajadores capacitados y no cualificados del mundo en desarrollo. Abrir la “fortaleza Europa” es bueno para la economía, pero malo desde el punto de vista político, que se basa en la discriminación y en la caracterización religiosa en Gran Bretaña y Francia.

Vale la pena recordar que Francia y Gran Bretaña mimaron durante mucho tiempo a dictadores árabes en el Norte de África, incluido el derrocado Ben Ali de Túnez y el propio Gadafi desde su “rehabilitación” diplomática por Occidente y la entrada de las compañías europeas en el sector petrolero de Libia hace unos años. En el mejor de los casos, París y Londres están compensando pasados delitos y errores políticos con su quijotesca guerra europea en Libia. Pero esos cambios de rumbo son caros e insostenibles en la actual situación económica.

La afirmación retórica de que Gran Bretaña y Francia están rescatando al pueblo de Libia de las masacres auspiciadas por el Estado mediante una guerra humanitaria, provoca una pregunta más seria: ¿Por qué a Cameron y Sarkozy no los impulsan las preocupaciones humanitarias por sus propias masas que sufren bajo agudas penurias económicas?

Las frágiles economías de Europa están en un estado tan miserable que no pueden hacer como si no existiera la clásica alternativa de “cañones contra mantequilla”. Gran Bretaña y Francia vieron la evidencia en noviembre pasado, cuando decidieron compartir tropas, portaaviones e instalaciones de armas nucleares, diluyendo así la soberanía en un intento de realizar algunas economías directamente indispensables en sus respectivos presupuestos militares. Pero resulta que su guerra conjunta en Libia se ocupa de lo nimio y descuida lo importante.

Alemania, que ha sido crucificada en la prensa anglo-estadounidense por recurrir a trucos para evitar el esfuerzo bélico en Libia, se comporta de un modo más humano que Gran Bretaña y Francia al preocuparse los problemas de sus propios ciudadanos en tiempos difíciles. Su posición neutral respecto a Libia es más sabia e irónicamente favorable al interés general de una Unión Europa plagada por la crisis, cuya supervivencia íntegra depende de una recuperación económica estable en vez de éxitos militares pírricos.

Cameron y Sarkozy llevan sus tesoros a la bancarrota y ponen en peligro el proyecto de integración europea en general. El escepticismo ante la Unión Europea aumenta cada día entre los públicos europeos en general, incluso mientras los jets franceses y británicos realizan incursiones sobre Libia. El fantasma de Nerón persigue a las actuales elites gobernantes de Londres y París. Esas dos capitales europeas están condenadas a seguir ardiendo hasta que políticos más responsables lleguen al poder y solucionen este caos.

Sreeram Chaulia es profesor y vicedecano en la Escuela Jindal de Asuntos Internacionales, en Sonipat, India, y autor del nuevo libro International Organizations and Civilian Protection: Power, Ideas and Humanitarian Aid in Conflict Zones (I B Tauris, Londres)

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