Por JONATHAN M. HANSEN.-En los 10 años transcurridos desde que el campo de detención de Guantánamo se abrió al debate angustioso de si se cierra la instalación o se mantiene de forma permanente, se ha ocultado un fracaso más profundo que se remonta a más de un siglo e implica a todos los estadounidenses, y tiene que ver con nuestra continua ocupación del propio territorio de Guantánamo. Ya es hora de devolver este enclave imperialista a Cuba.
Las circunstancias por las que los Estados Unidos llegaron a
ocupar Guantánamo son tan preocupantes como su última década de actividad allí.
En abril de 1898, las fuerzas estadounidenses intervinieron durante tres años
en Cuba, en el momento en que los cubanos luchaban por su independencia y
tenían esta guerra casi ganada, de modo que convirtieron la Guerra por la Independencia de
Cuba en lo que los estadounidenses siguen la costumbre de llamar “Guerra
Hispano-Americana”. Los funcionarios estadounidenses luego excluyeron al
Ejército de Cuba en el armisticio y les negaron un lugar a Cuba en la
conferencia de paz de París.
“Hay tanta ira natural y angustia en toda la isla”, comentó
el general cubano Máximo Gómez en enero de 1899, después de la firma de la paz,
“porque el pueblo no ha podido celebrar realmente el triunfo tras el fin del poder
de los antiguos gobernantes.”
Curiosamente, la declaración de los Estados Unidos en torno
a la guerra con España incluye la garantía de que Estados Unidos no buscó
intervenir “la soberanía, jurisdicción o control” sobre Cuba y que su intención
era “dejar el gobierno y el control de la isla a su pueblo.”
Pero después de la guerra, los imperativos estratégicos
primaron sobre la independencia de Cuba. Los Estados Unidos querían el dominio
de Cuba, junto con las bases navales desde las cuales lo ejerce.
Introdujeron al general Leonard Wood, a quien el presidente
William McKinley había nombrado gobernador militar de Cuba, y con él las
disposiciones que se conocieron como la Enmienda Platt.
Dos de estas disposiciones fueron particularmente odiosas: una garantía de que
los Estados Unidos ejercerían el derecho de intervenir a voluntad en los
asuntos cubanos, y la otra, que instituía para siempre la venta o arrendamiento
de estaciones navales. Juan Gualberto Gómez, delegado principal de la Convención Constituyente
de Cuba, dijo que la Enmienda
haría de los cubanos “un pueblo vasallo”.
Presagio de la crisis de los misiles cubanos, proféticamente
Juan Gualberto advirtió que las bases extranjeras en suelo cubano sólo traerán
para Cuba “conflictos que no saldrán de nuestra propias decisiones y en los que
no tenemos ningún interés”.
Pero era una oferta que Cuba no podía rechazar, como Wood
informó a los delegados. La alternativa a la Enmienda fue la
continuación de la ocupación. Los cubanos recibieron el mensaje. “Hay, por
supuesto, poco o nada de la verdadera independencia, que se fue de Cuba con la Enmienda Platt ”,
comentó Wood al sucesor de McKinley, Theodore Roosevelt, en octubre de 1901,
poco después de que la
Enmienda Platt fuera incorporada a la Constitución cubana.
“Los cubanos más sensibles comprenden esto y sienten que lo único consistente
ahora es buscar la anexión.”
Pero con Platt en su lugar, ¿quién necesitaba la anexión?
Durante las próximas dos décadas, los Estados Unidos en repetidas ocasiones
enviaron infantes de marina con sede en Guantánamo para “proteger sus intereses
en Cuba” y la redistribución de tierras que habían sido bloqueadas. Entre 1900
y 1920, 44.000 norteamericanos se establecieron en Cuba, para impulsar la
inversión de capital en la isla, que partió de unos 80 millones de dólares a un
poco más de mil millones de dólares y llevó a un periodista a comentar que poco
“a poco, la isla entera está pasando a manos de los ciudadanos
estadounidenses”.
¿Cómo lucía esto desde la perspectiva de Cuba? Bueno,
imagínese que al final de la Revolución Americana los franceses hubieran
decidido permanecer aquí. Imagínese que los franceses se hubieran negado a
permitir que Washington y su ejército asistieran a la tregua en Yorktown.
Imagínese que negara en el Congreso Continental un asiento a los
estadounidenses en el Tratado de París, que expropiaran los bienes de los
ingleses, ocupado el puerto de Nueva York, enviara tropas para aplastar a los
Shays y a otras rebeliones y luego emigrara a las colonias en masa, robándose
lo más valioso de nuestras tierras.
Tal es el contexto en el que los Estados Unidos llegó a
ocupar Guantánamo. Se trata de una historia excluida de los libros de texto
estadounidenses y abandonados en los debates sobre el terrorismo, el derecho
internacional y el alcance del poder ejecutivo. Pero es una historia conocida
en Cuba (que motivó la
Revolución de 1959) y en toda América Latina. Esto explica
por qué Guantánamo sigue siendo un símbolo evidente de la hipocresía en todo el
mundo. No hace falta siquiera hablar de la última década.
Si el presidente Obama reconoce esta historia y pone en
marcha el proceso de devolución de Guantánamo a Cuba, podría comenzar a reparar
los errores de los últimos 10 años que pesan sobre nosotros, por no hablar de
cumplir con una promesa de campaña electoral. (Dada la intransigencia del
Congreso, no hay mejor manera de cerrar el campo de detención que entregar ese
territorio con la base naval incluida.) Rectificaría un agravio secular y
sentaría las bases para nuevas relaciones con Cuba y con otros países en el
hemisferio occidental y en todo el mundo. Por último, se enviaría un mensaje
inequívoco de que la integridad, auto-control y transparencia no son una prueba
de debilidad, sino los atributos indispensables de liderazgo en un mundo
siempre cambiante.
Seguramente no hay manera más apropiada de observar este
sombrío aniversario de hoy, que defender los principios que Guantánamo socavó
hace más de un siglo.
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